1. La chica pin up. Lleva un tanga oscuro que abre sus nalgas y las exagera más construyendo así su culo perfecto, su culo abundante, bamboleante... Rockabillies de este siglo la persiguen por todos los sitios, ofrecen sus motos y es invierno y ella no quiere, prefiere resguardarse en el bar, me prefiere y mis palabras se sobreponen, se rehacen a la música, me acerco a ella y le digo poesía que no es poesía por encima del ruido. Solo me escucha a mí y la realidad es nuestra realidad, al menos ese momento que yo lo intentaba con ella. ¿Quieres casarte conmigo? y ella sonríe, me besa en la mejilla y luego se marcha. Yo me quedo con medio vaso de cerveza y el chupito de tequila que agotó sin despedirse de mí. Pero me besó.
2. Y otra vez en otro bar. La Chica Pin Up me mira a los ojos por encima de la jarra de cerveza. Confundo el blanco de sus ojos con la espuma y me pierdo; la atmósfera del antro se deshace, mi cuerpo siente la distancia, el magnetismo y el deseo sobre la piel, pero bebo Tequila y todo vuelve a su sitio, el hígado se estremece al caer el líquido y el corazón vuelve a su lugar, y el riego sanguíneo golpea repentinamente mis sienes. Me rehago y ya no está. Otra vez se ha marchado sin despedirse y ahora sin beber Tequila. Sin dejarme el recuerdo de sus labios al filo del vaso, no sobre mi piel. Esta vez no. Because you're mine/ I walk the line¹.
3. Las mismas noches nos suceden. Me emborracho sin prestar atención a las gracias de mis amigos y al lenguaje corporal que una mujercilla desde hace un rato me dedica. Y no dejo de pensar en La Chica Pin Up, de imaginarla mejor fuera de la oscuridad y el ambiente corrupto de esta ciudad. Solo pienso en robarle la noche y cerrarle la boca cuando quiera explicarme que tiene novio, que no puede hacerlo y esas excusas de la vida aburrida. Con un beso. Pero ahora mismo ella no está y no tengo la oportunidad de romper el velo de timidez que cubre mi corazón y no lo deja latir con la rabia acumulada. Así que se me coagula la sangre y la desesperanza llega a mis ojos. Mientras bebo. A veces, sólo noches vacías.²
4. Borracho. Salgo del bar anterior y la busco en esta ciudad, pero el viento silencia mis gritos y ella no aparece por las calles solitarias de la madrugada. Entro en otro bar. Otro más. ¡Y por todos los rockeros que morirán! ¡Ella está ahí! Escucha sin atención los piropos de todos y desatiende las miradas de chicos y chicas que darían su nombre por ir con ella. No pierdo más tiempo: no tengo otra vida ni otra noche. Voy hacia ella y mi mente va deprisa, tanto que las palabras se me atragantan y solo llegó a escupir frases inconexas. Siempre que pienso en ti me la tengo que menear porque ya sabes lo que te quiero³…La Chica Pin Up se abalanza hacía a mí.
¹Versos de I walk the line de Johnny Cash.
²Verso de Las Chicas del Drugstore de Burning.
³Piropo de España, libro del escritor aragonés Manuel Vilas.
martes, 3 de agosto de 2010
jueves, 20 de mayo de 2010
Ocho.
a la última latina que intenté querer
Yo te digo poesía
tú preguntas si te quiero
yo repito poesía
letra a letra, pensando que
p llega a tus ojos
o rodea tu herida
e se te atraganta
s marca tu espalda
í cierra tus labios
a se aplasta bajo tu mejilla
y tú me miras y lloras.
Yo te digo poesía
tú preguntas si te quiero
yo repito poesía
letra a letra, pensando que
p llega a tus ojos
o rodea tu herida
e se te atraganta
s marca tu espalda
í cierra tus labios
a se aplasta bajo tu mejilla
y tú me miras y lloras.
miércoles, 24 de marzo de 2010
Peluqueras.
Ir a la peluquería es uno de los últimos placeres de la clase media por el que pueden pagar. Y mío también, como buen católico de clase media que soy. Me gusta ir a la peluquería, me gustan las peluqueras, podría casarme con una de ellas, una cualquiera de ellas. Son perfectas, huelen tan bien. Seleccionan las cremas y potingues de acuerdo a razones que ellas solo entienden y que a nadie explicarán. Saben qué día justo deben empezar la dieta para llegar al verano con las curvas definidas y la piel lista a recibir sol y sol y sol, aunque yo las veo bien con un parde kilos de más, que se me antojan sensuales descubiertos sobre sus vientres. Y concretamente, su oficio lo cumplen, aunque no sé muy bien por qué nuestro Dios las creó y con qué intención, no sé... pero, al menos a mí, me producen pecados imaginarios que me gustaría hacerlas padecer, o mejor sufrir, sí, mejor sufrir. Ellas pueden soportarlo, pues cada día de labor pasan sus delicados dedos por cabellos, aunan pelos entre sus dedos y los cortan, calculan bien para construir símetría sobre nuestras cabezas. No sé si la sociedad las ha tenido en cuenta como yo, espero que no, porque yo las mitifico más y las intento seducir, pero no se dejan, son tan profesionales ellas, que dan vueltas derredor de ti y no sabes si es intencionadamente que acercan sus pechos para que sueñes más, o si no esconde motivos sexuales su modo de tocarte, de entretenerse con tus orejas y mencionar su tamaño, gracioso para ellas y para ti nada, tú estás borracho de felicidad, te sientes en un trono y te dejas hacer, pero no cierras los ojos, pues puedes perderte en los sueños y liberar tus manos y volverlas hacia atrás y tocarles las caras, quizás también los cabellos, pero cómo, si ellas van tan bien peinadas que no es ya un delito o un pecado deshacer los arreglos de sus cabezas, sino una culpa eterna.
Me gustaría ir todos los días a la peluquería. Y no puedo, mi vagancia me niega ese placer, aunque mi pelo crezca con rapidez de yerba salvaje. De verdad, me gustaria ir siempre como creo que Dios hace, aunque pensándolo bien, el tipo seguro que tiene una peluquera para él solito en casa y no le hace falta, y siempre, a cada hora, le pide que le pase los dedos por los cabellos largos y le recorte las puntas, tanto de la barba como del pelo y se lo lave y le pervierta las ideas, las que crecen junto a las raíces capilares, que sin duda, son las mejores.
Así que recemos a Dios y pidámosle que nos case con una peluquera, no la mejor, cualquiera de ellas nos aseguraría la felicidad pulcra y católica, el deseo y el placer que Jesucristo nos brindó para la eternidad cuando murió despeinado, con el pelo sucio sobre la cruz.
Me gustaría ir todos los días a la peluquería. Y no puedo, mi vagancia me niega ese placer, aunque mi pelo crezca con rapidez de yerba salvaje. De verdad, me gustaria ir siempre como creo que Dios hace, aunque pensándolo bien, el tipo seguro que tiene una peluquera para él solito en casa y no le hace falta, y siempre, a cada hora, le pide que le pase los dedos por los cabellos largos y le recorte las puntas, tanto de la barba como del pelo y se lo lave y le pervierta las ideas, las que crecen junto a las raíces capilares, que sin duda, son las mejores.
Así que recemos a Dios y pidámosle que nos case con una peluquera, no la mejor, cualquiera de ellas nos aseguraría la felicidad pulcra y católica, el deseo y el placer que Jesucristo nos brindó para la eternidad cuando murió despeinado, con el pelo sucio sobre la cruz.
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