sábado, 26 de enero de 2008

Ensayo

Por fin. Durante diez años mi alma se perdió por los caminos empolvados de la perdición y el desahogo- eso pienso mientras bajo del CIFA*.

Veo al mendigo de la esquina estirando la mano y caminando con las rodillas apoyadas en el suelo. Como lo ha de hacer siempre. Camina hasta la otra esquina donde su amigo Valdé, vende periódicos; al llegar, le pregunta, como todos los días, el número premiado. Saca de su bolsillo el boleto, tantea los números, sabe cuales son. El sol hace brillar los números y oscurece la sonrisa del niño que aparece en el papel. Valdé canta el número, no es el mismo. El mendigo vuelve arrastrando sus rodillas a su esquina. Extiende la mano y espera...

Pienso en todo eso y no paro en mi pueblo.



*Autobús.

domingo, 20 de enero de 2008

Seguramente no llegues a enterarte
que las canciones que te escribí
hoy se hacen éxitos en las radios,
pero lo único que quiero es que tú
llegues a escucharlas y me recuerdes;
yo siempre lo haré y nunca
te odiaré porque me hiciste feliz.

Aunque niegues nuestro amor,
aunque la felicidad no duró,
aunque nos hayamos despedido
aunque...
el recuerdo haya viajado en ese avión
y siga atado a mí.


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!!!Comentad, comentad!!!!

domingo, 9 de diciembre de 2007

Nostalgia.

Cuando éramos el bien y el mal y ni la disciplina del exterior desplazaba a la del profesor. Teníamos 10, 11... años; perdíamos en todas las apuestas de la vida, pero ganábamos experiencia.
Ahí estaba Ribas vendiéndonos los "tangos" y los chupetes, y fiándolos, por supuesto. De dónde iba a sacar la plata para sus lujos si no. A su lado, como no, los que queríamos que nos fie otro día, sin pagar lo anterior; menos mal que él sabía que nosotros no le engañábamos, éramos pobres...
Salazar, José, Jorge... estos,yo y más, siempre amarrados a esa pelota de trapo que no botaba en el encementado del patio de esa escuela bendita donde me enseñaron todo lo que nunca aprenderé. Cosas sobre la vida...

Y claro, no podía faltar Campuzano, el presidente de la clase, aunque yo lo desbancara, él podía beberse una cocacola y comer un arroz con pollo todos los día, yo, en cambio, podía quitarle los malditos 50 cent. a mi madre para completar el dolar y me diese para esos lujos.
Ahora que miro atrás me doy cuenta de que nunca debí salir de ese paraíso; éramos pobres, sí; pero teníamos el compañerismo que teníamos. Volví a ese pueblo, todos habían cambiado(¿o era yo?), muchos no estaban. En la calle encontré a varios, ni los saludé ni me saludaron, solo Loyola, Campuzano y Luchitanga.

Pobre, pobre... no sé por qué me viene esa palabra a la cabeza, si la verdad es que no todos lo eran, lo digo lo eran porque yo sí tenía el plato de arroz trez veces al día. Tampoco es que fueran excesivamente pobres, pero la palabra me come la cabeza desde dentro.
Cómo nos quedaban las manos después de la bendición del <>, qué fue de aquella regla gruesa con la que nos golpeaba el profesor; nos ardían, sentíamos que la sangre se no iba a salir por cada poro de la palma de la mano. Los del director eran dobles, eran en casos especiales; si andábamos con el uniforme de la escuela hasta tarde en la calle, sabíamos que arriesgábamo los reglazos.

Volvería a ese paraíso, pero no sé si sigo siendo el mismo chabal que salía a pescar con sus amigos y se apostaba 25 centabos en cualquier partidillo de voleyball que armaba con sus amigos.

Volvería a darle a la pelota de trapo y escupir en la tierra para que no se levante el polvo.